Salmos Contemporáneos - III

Al director del coro. Salmo de redención e intimidad en el valle. Para cantarse con el acompañamiento de un piano de cola acústico, un violonchelo solista y un colchón de sintetizador cinemático, en la tonalidad de La menor.

Salmo de Adri
1 Creí que te encontraría en la cima, allí donde el cielo parece besar la tierra; en ese lugar donde mi corazón olvida por un instante su insignificancia y hasta cree levitar. 2 Pero fue en la aridez donde escuché por primera vez tu voz; no llegaste vestido de apariencias ni del triunfo que yo creía conocer. 3 Te acercaste con las manos marcadas por el amor, con los pies cubiertos de polvo y de sacrificio. 4 En ellos descubrí la humanidad que tanto anhelaba, una que lucía como mis sueños más utópicos de justicia.
5 El miedo habitaba conmigo en medio del caos; la muerte caminaba tomada de mi mano en la cotidianidad y se hacía llamar "seguridad". 6 Me hizo creer que tu nombre era Ausencia, y mi voz cayó en el letargo de un invierno que parecía no tener fin. 7 Entonces, tu luz me atravesó; quebró la oscuridad que se aferraba a mi pecho, y mi ser reconoció tu voz.
8 No hiciste desaparecer el valle, hiciste de él tu morada. Le hablaste a mis temores y les dijiste que permanecerías conmigo para siempre. 9 Incluso en aquellos lugares de los que más deseaba huir, allí pude verte, y mi corazón volvió a latir. 10 Me sanaste y me conquistaste; la mentira que habitaba en mi interior tuvo que rendirse ante tu amor. 11 Desde ese momento, la incertidumbre comenzó a vestirse de esperanza; mi desierto se convirtió en un oasis de aguas vivas. 12 Aguas que me lavan, me santifican y me devuelven la dignidad, incluso cuando mis propios juicios intentan condenarme.
13 La muerte fue herida de muerte, y mi vida dejó de esconderse tras el velo de la vergüenza. 14 Hoy mi testimonio no es mi fuerza, ni mi pasado, ni mis méritos: hoy mi testimonio es tu sangre. 15 ¡Bendito seas, Dios de Israel!; Tú que me ves, que me llamas por mi nombre y me levantas del polvo. 16 Bendito seas, porque te hiciste real en mi valle, y allí donde antes solo habitaba el temor, hiciste brotar la intimidad. 17 Ahora sé que no necesito la cima para encontrarte, porque donde Tú estás, hasta el desierto más desolado y árido se convierte en tierra fértil para florecer.

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