El contagioso Jesús

Hoy estuve cantando en un hospital. Podría contarte muchas cosas porque en los hospitales pasan muchas cosas: desde tener que cantarle a un paciente que se quería aplicar la eutanasia hasta las risas con una enfermera que quería que cantara una de Alejandro Fernández, desde mi visita a "los sótanos del infierno" (la sala de urgencias según la descripción de un médico de caminar afanado que nos dio "la bienvenida") hasta la presencia de Dios sobre las incubadoras en la UCI neonatal. Pero te voy a contar que me sentí en temporada de pandemia.
En los hospitales el tapabocas sigue siendo ley. Nadie pasa por tapeticos untados de desinfectante (o yo no estuve en un lugar que tuviera esa exigencia), pero sí tienes que lavarte las manos y andar con tapabocas por todo lado. ¿Te acuerdas de eso? Yo lo recuerdo con cierta incomodidad, para mí el tapabocas está relacionado con malos momentos, ¿no te pasa lo mismo? Hubo incluso una tarde, un mediodía, en que caminé por las calles cerca de mi casa con ese tapabocas empapado en lágrimas… No, no pongas ese gesto de sorpresa. Yo sé que a todos nos pasó, todos soportamos tristezas durante esa época e incluso algunas viajan hasta hoy en nuestras maletas. Alguien tenía que decirlo y yo me sumo a los que se han arriesgado a mostrarlo, porque las heridas se tienen que exponer para que puedan curarse.
Foto de Maxime en Unsplash
El tapabocas es, también, un símbolo de distancia para mí. Cuando veo a alguien con una mascarilla, siento que tengo que estar lejos. ¿Se acuerdan de la historia de un leproso que se le cruza a Jesús en el desierto y le dice: “si quieres, puedes sanarme”? Ver a un leproso (que debería estar gritando su enfermedad todo el tiempo), debía ser muy parecido a lo que yo siento: una distancia guardada por mi bien, o en el caso del leproso, pensando en el bien del otro. Había otro tipo de distancia que era la del desprecio, la que sufría Leví por ser cobrador de impuestos, un pecador despreciable para la gente de su sociedad, que lo odiaba por traidor, como a veces llegamos a despreciar a un político. Pero esta distancia en la que sé que puede haber algo mal en el otro o en mí, es diferente. Una especie de limitación dictada por la vergüenza, como la que llevaba a la mujer con el flujo de sangre, esa diseñada para guardar al otro de mi impureza o para guardarme de la suya. La misma ausencia de contacto que solo le permitía a un padre o a un hermano mayor tocar el cadáver de una niña sobre una cama, porque su muerte te hacía impuro delante de Dios y un vector de impureza para otros… El tapabocas se me convirtió en una metáfora y me recuerda que a veces nos vemos como esos personajes: evitando el contacto para no dañar o ser dañados, escondiendo lo que somos para que nadie señale nuestra impureza, devorados por la muerte (de la que muriera Adán) en la soledad de nuestra habitación.
¿Tenemos una maldad contagiosa y dañina? Jesús dijo que lo que contamina al hombre es lo que sale de su corazón: inmoralidad, avaricia, maldad, engaño… Y todo eso termina siendo como un virus que contagia y hace daño al que lo recibe, ¿no? Basta con que tu jefe te hable mal para que tu hijo conozca tu ira o que tu pareja no te ponga atención para que tus papás sufran las consecuencias. Un día te lastiman y al otro día estás lastimando como lo hicieron contigo, un día alguien se rinde respecto a ti y al otro día te estás rindiendo respecto a otros, un día rompes el contacto y todos los puentes se vienen abajo… Y si está dentro de nosotros y al salir de nosotros contamina, ¿qué esperanza tenemos? La contagiosa esperanza de gloria. 
¿Qué es eso que llevas por dentro que es tan grave? ¿Cuál es esa muerte zombie que te persigue a tropezones y de la que huyes? ¿Cuál la enfermedad incurable y sin esperanza que te destroza? ¿Es el pecado sexual, la ira, la depresión, el cansancio, la soledad…? ¿Qué? Porque Jesús se te está atravesando ahora, en donde sea que estés leyendo esto y tienes la oportunidad de tirártele a los pies, como el leproso, ¿de qué le pedirías que te sane? Si fueras la mujer con el flujo, ¿con qué intención tocarías su manto? Si sientes que no puedes más con esta vida... ¿cómo es que llegaste hasta esta parte del texto? ¿Eres un Jairo destrozado que escuchó a Jesús decir: “No temas, cree solamente” y por eso llegaste hasta acá, a ver si te encuentras con alguna esperanza?
Encuentro de Daniel Cariola, en la capilla de Magdala
¿Te acuerdas del virus V1D4?

Jesús sigue contagiando eso. Por ese motivo es que rompe las distancias y antes de decirle al leproso “quiero, sé sano”, lo toca; por eso es que pregunta en voz alta quién fue la persona entre la multitud a la que le dejó tocar su manto y que le sacó poder, antes de decirle: “Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz”; por eso es que toma la mano de la pequeña muerta en una cama, como si fuera su padre mismo o su hermano mayor, y le dice en su más tierno arameo: “Cariñito, levántate”. Su vida es más contagiosa que tu muerte, su amor más contagioso que tu temor, su perdón más contagioso que tu pecado. Él no quiere distancias contigo ni tiene miedo de tocarte o que lo toques. ¿Qué esperas del Maestro? Ahora, mientras lees, díselo. ¿No porque te sientes muy pecador? No te olvides que al pecador Leví, al de la distancia por desprecio, le dijo: “Sígueme”.
La buena noticia hoy, para ti, que vas por la calle gritando sin quererlo, con tu mirada, tu enfermedad, para ti que andas disfrazada con la intención de que nadie descubra tu impureza, para ti que te echaste a morir en cama, para ti que ya no te tapas la cara con un tapabocas sino con un rostro sonriente que disimule tu contagio, es esta: El Maestro está aquí, no le tiene miedo a tu maldad y está listo para contagiarte de su bien, que es más contagioso y más fuerte, porque el amor es más fuerte que la muerte...
Si quieres meditar más sobre todo esto, échale una ojeadita a Marcos 5 y observa al Rey Jesús. Si quieres pensar más en la obra de Jesús, escucha la masterclass La obra de la Cruz con el pastor Gabriel Castro:

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